Hombre oscuro que ocupas mi cuerpo, 
en esta noche en que salí a tu encuentro,
y me hallaste de nuevo, presto,
desnudo y despierto.
¿Cuál es tu empeño?

Te acechan sombras heladas,
humeantes figuras descalzas,
de otros cuerpos levantadas.
Desdoblas tus piernas, la furia te eleva
mientras te hundes en la tierra.

Entre el desvelo nocturno y el despertar del alba,
cabalgas desbocado, atado a la cama.
Ruidos fugaces de motores que pasan,
luces de farolas que tiemblan,
cuerpos sin rostro que se acercan,
envueltos en la bruma de tu mirada alucinada,
te susurran y señalan la sombra de una zanja.
Airado te zafas, avanzas y retrocedes,
sacudes las riendas y secas tu frente,
tomas la ruta hacia el horizonte,
tras el cálculo errado del resplandor distante,
de una ciudad nueva cuyo fragor se estampa
en tus oídos cautivos de la pesadilla que te alcanza.

Centauro que trotas sobre calzadas siniestras,
bajo un cielo cuajado de salpicaduras de barro,
de estrellas muertas escupidas por mi boca,
cuando los cascos de tus patas pisan mi garganta.
¿quién conoce tus tratos, rubricados en sórdidos encuentros?
¿quién tus ententes con Dios y con el diablo, de cara y de frente?
a medias tus harapos sorteados, tu cuerpo entregado, perdida tu alma.