Septiembre de atardeceres viejos, de nubes cansadas,
huérfanas de tormenta y de calma,
perdidas entre el horizonte y las montañas pardas.

Qué luz tan extraña,
desvaída y a la vez esplendente,
pálida como tu cara,
incandescente mi mirada.
Separados y a la vez juntos entorno a la hoguera de la tarde,
avivamos los rescoldos,
yo soplo, tu respiras.