Ya no me queda tiempo, me temo.
Un minuto suplico, para perderlo.
Mi reloj descuenta polvo de mármol
en granos prietos
desgajados de las letras
de un epitafio que escribo
para ser eterno.
Si pudiera voltearlo
y que el invierno
se llevara los segundos
hacia donde fueron las hojas
del árbol que tumbaron
los que tallaron mi féretro.
Huiría en dirección opuesta
hacia donde quisiera
fueran esparcidas mis cenizas
a dormir la sempiterna siesta,
como motas de polvo
en las pupilas de los que
ya me son ajenos,
una vez no lo fueron,
ya no los quiero,
ya no puedo.
Murieron antes,
para que yo muriera,
no en tumba propia,
sino mirando mi sepultura
como una lupa que aumenta la luna
cuando es nueva.

¡Ay! si me quedara tiempo para perderlo
el que tengo es para pagar mi entierro.
Quisiera abrazarme
a la los ojos de los que quiero.
No como antaño, sino como merecieron.
Pegada a mi vientre
la esfera de su universo
y ver como ellos vieron,
aunque no lo entienda.
Como siente la madre lo que piensa
la criatura que lleva dentro.
Derretirme en sudor de su frente
con la luz que les llega,
refrescarme en la brisa que abre y cierra
su mirada, dulce parpadeo.
Crecer como lo hacen las plantas
orientando mis ramas
hacia el horizonte que pretenden
acariciar las nubes que sueñan
y mojarme bajo las lágrimas que les apenan.
Y de noche, mientras duerman
entrar en las oscuras estancias
y dar patadas a las puertas,
esas que mis ojos blindaron,
y dejarlas abiertas,
siquiera mientras me entierran.