Miguel Ángel R. Calle

¡Válgame Dios!

Frágil. Juan Manuel Macarro

Fragil - Copyright Juan Manuel Macarro

Fragil - © Copyright Juan Manuel Macarro

Uno contempla las fotografías de esta serie como quien acude al diccionario a repasar las diversas acepciones de una palabra que emplea habitualmente y que en un momento dado siente la necesidad de profundizar en su significado. Frágil tiene el clasicismo imperecedero de las estatuas mutiladas, la palidez intemporal del mármol maltratado, la belleza aparentemente superficial del desnudo mostrado en su más incruenta imperfección, la austera concisión de una definición.

Se aplica a lo que se rompe fácilmente por golpe. Sobran los adornos, las explicaciones están de más. Esa parte le corresponde al espectador. Pertenece a la región irredenta de la propia experiencia personal donde los humanos anhelos se exilian. Ese territorio que pretendemos anexionar a nuestra realidad, y de repente, cuando lo creemos conquistado, inopinadamente el cielo que nos cobija se desploma, el suelo que nos sostiene se desfonda y en medio solo queda el abismo inconmensurable.

Fácil de estropearse o trastornarse. El tiempo, pétreo diccionario de instantes de arena que nos explican. Grano a grano van cayendo hasta apelmazarse y formar un todo contundente como una piedra maciza que infaustamente es arrojada contra el cristal con el que blindamos la intemperie para protegernos de la caducidad de las cosas. Es tiempo entonces de darle la vuelta al reloj y ver los acontecimientos desde su revés para ponderar su importancia y su verdadera dimensión. Aquel grano que confundimos con una montaña vuelve a ser grano, un momento extraordinario entre las sueltas brumas de lo cotidiano que dominó nuestro pensamiento hasta convertirnos en súbditos de la tiranía del deseo.

Se aplica a una persona con poca fortaleza para resistir las tentaciones. Así fuimos, sedientos zahoríes en busca de sueños imposibles e ilusiones desmedidas que anhelaban ser dioses hinchados de fatua perfección. Tarde o temprano, el indómito azar nos salió al paso y desplegó sus armas para detener nuestro obsesivo desenfreno y dejarnos en medio del camino con los miembros amputados, la piel arrugada y el cuerpo lleno de desgarros y dentelladas, huecos por donde reverbera el inefable eco de nuestra alma. Así somos tras la derrota, la pérdida, el desplome, el fracaso. Lamentables figuras conforme a lo que un día ansiamos, pero revestidos de la dignidad que tienen las estatuas tullidas de los grandes imperios arrasados, sabiamente reducidos a la esencia de una metáfora precisa que explica la verdad subjetiva sobre nosotros mismos.

La Fotografía Actual nº135 Octubre-Noviembre 2009

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Sonidos del atardecer

Oigo los trenes pasar atravesando lentamente el valle en miniatura que intuyo allá abajo junto al río, donde rebotan las piedras que lanzo contra el horizonte. Apenas hace unos minutos que partían de la Estación del Norte; apenas unos minutos y llegarán a su destino: Estación del Norte. El sentido lo distingo por cómo crujen las vías a su paso. Si parten, el valle es una garganta que carraspea como cuando alguien entra en escena e interrumpe de esa manera para hacerse notar. Si llegan, el valle exhuma sus muertos (las almas de los que perdieron su tren y de los que saltaron antes de llegar) que al unísono suspiran al verse liberados de la esclavitud de la tierra.

En el intervalo en que los trenes no pasan, el horizonte se acerca a la cima de la vertiente donde me encuentro. Su luz dorada de atardecer sagrado lame la ceja de la montaña y como lava incandescente se desliza con sigilo por el suelo encendiendo a su paso las briznas de hierba como si fueran mechas de vela frente al altar de una iglesia donde me siento a escuchar la voz de Dios.

Oigo el piar inquieto y juguetón de los pájaros que revolotean entre las copas.
Oigo el suave desplome de las hojas que caen de las altas ramas que los pájaros menean. Tan insegura y temerosa es su caída… pareciera que se quisieran amarrar desesperadamente al hilo invisible que todavía las une al nudo de la rama donde estuvieron sujetas. ¡Cuidado que el suelo quema!
Oigo el eco incierto de los puntapiés que un muchacho da a su pelota, a mis espaldas, o quizá a mi izquierda.
Creo oír el beso interminable, preso entre el abrazo inmóvil de dos amantes, junto a los que pasé poco antes de sentarme y que me recuerda al que nos dimos aquí mismo hace… bastante, y en cambio, no parece tanto.
Oigo el jadeo acelerado de un perro que husmea entre los arbustos, busca una sombra donde hacer sus cosas. Y oigo las voces de su dueño que lo reclama en la distancia, no sabe por donde anda.
Oigo los golpes secos como azadas en tierra seca, de gente que corre, sola y acompañada.

Oigo tantas cosas… cuando los trenes no pasan.

Y a veces pasan tantos trenes seguidos… que no oigo nada.

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Al tercer día

De ayer a hoy he modelado una campana
Dentro del hueco de lo que fuera mi garganta.
Los sinsabores y los amargos dolores,
Las penas mudas y los sordos deseos,
Son notas distanciadas que se doblan y cuelgan
De las cuerdas del paladar,
vibrantes como un puñetazo recién asestado
Enseguida caen y se atenúan,
La partitura continúa,
Otras notas las empujan,
Ya no duelen, ni apenan,
Ellas mismas son las que sufren y dan pena,
Al verlas en tan lamentable estado,
La fuerza desmedida con la que embestían en el pasado,
Es una caricia, un leve roce de pieles malavenidas
Que tan solo se hacen cosquillas:
Notas sincopadas que brotan y se multiplican
Como retoños risueños al pie de los viejos árboles del bosque
A punto de ser talados.
Tal es el sonido que me sale de dentro,
No lo oyes, es cierto,
Es el sonido del silencio.
Así es el lenguaje cuando tú estás en un extremo
Y yo en el otro.
Tu estás tan lejos…
Yo soy el campanario que se avista en el horizonte.
Te alejaste…
Cada uno de tus pasos golpeaba mi garganta
Mientras marchabas
Camino del cementerio
Eso fue ayer… hablemos en presente.
Es por mí por quien doblan las campanas,
Si mi alma calla.
No eras tú si no a mí a quien enterraban.
De ayer a hoy, entre todas las campanas,
Solo una canta
Levántate y anda,
La campana que he modelado
Dentro de mi garganta.

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El verano que no llegó.

El verano había amontonado toda la leña a una distancia corta de nuestros cuerpos. Hacía frío todavía. Tan sólo unos días para que saltara la chispa. Nos faltó empuje. No tuvimos el arrojo necesario. El verano no llegó, ni su fuego ni su luz devastadores. La leña, súbitamente, se transformó en cenizas, sin haber ardido.

Cuando nos miramos, por última vez, pensamos que nos despedíamos para volvernos a ver en breve, para mirarnos de nuevo pausadamente, en la penumbra de la mutua ignorancia, aguardando pacientemente a que las pupilas se dilataran y calladamente se fueran bosquejando nuestros cuerpos humeantes, llenos de aire caliente, ascendiendo hasta un cielo estival, cubierto de ensoñaciones flamígeras. Sin embargo, nos miramos pensando que ya nos habíamos mirado demasiado. Ya habíamos visto lo suficiente. Nítidamente nos habíamos dibujado con trazos preconcebidos. Habíamos mojado los pinceles en un lugar equivocado. De donde se extraen tintes de contrabando. Al mirarnos cara a cara,  no quisimos vernos, preferimos poner a resguardo la estampa de un falso mesías a quien seguir esperando.

La última vez que nos miramos, mirábamos más allá del tiempo, con la vista puesta en el suelo, nuestras manos acariciando las roderas del camino embarrado de donde partieron nuestros coches, aceleradamente disparados. Si al menos hubiéramos esperado a que llegara el verano, siquiera para mirarnos como deben mirarse los que no habiendo podido amarse solo pueden ser odiados.

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Cartas desde la azotea. Cap. II.

Querido T.K.P.

Es la hora del desayuno. En el comedor se han quedado los voluntarios junto con algunos hermanos. No me siento cómodo con ellos. Estarán hojeando la prensa y haciendo comentarios anodinos sobre lo que leen. También supongo que intercambiarán algún detalle sobre sus vidas, igualmente anodinas. Son de ese tipo de gente idealista que parece tener la clave para arreglar el mundo, pero que,  aparte de juguetear con los críos, ofrecer su sonrisa y echarle buena voluntad, carecen del más mínimo talento siquiera para comprender lo insignificante que resulta su papel en esta pequeña parte del mundo. También andará por ahí enredando ese tipo gordinflón de pelo ralo y canoso que dicen que viene a observar y tomar nota. Por lo visto está escribiendo un libro. También merodeaba por aquí hace un par de años. Aparte de zampar, no veo que haga cosa de provecho. Eso sí, los hermanos lo reciben como si se tratase de Dominique Lapierre.

No me hagas mucho caso, no soy quién para juzgar a nadie, ya no me queda nada de peso que poner en la balanza para compensar la gravedad de lo que observo.

Te recuerdo aquella vez  en que perdiste los nervios por una vez, creo que solamente yo me di cuenta, había demasiado bullicio ese día en el comedor, y todos, voluntarios y hermanos, departían desenfadadamente sobre asuntos livianos, unos; otros leían plácidamente el Times of Calcuta, mientras bebían el te. Como en estos momentos deben de estar haciendo ahora abajo en el comedor. Te pedí alguna sugerencia sobre una película de Tolliwood para ir a ver algún día. Al repasar con desgana la cartelera, te pregunté qué clase de películas te gustaban. Entonces te quitaste las gafas, desviaste la mirada hacia un lado y dijiste algo así como que ya no había nada que te llamase la atención. Nada en absoluto, ni películas, ni libros, ni personas. Ya no sabías en qué creer, el mundo entero, el mundo soñado se había desvanecido a modo de mortaja sobre el mundo real, y ambos  se tambaleaban bajo tus pies. Te volviste a calar las gafas y seguiste leyendo. Salam Namaste fue la película que me recomendaste esbozando una sonrisa. Cantan y bailan, te gustará, me dijiste. Y efectivamente, me gustó. Hasta me compré el CD de la banda sonora. La de veces que lo habré escuchado a la vuelta, en España. Lo que se te pasó por la cabeza en aquellos momentos constituye un misterio para mi. Quizá ni tú mismo lo supieras. Tampoco sabría decirte qué es lo que me hace ladear la cabeza ante todo; qué me hace menospreciar a cuantos me rodean a la vez que me siento menospreciado. No se me va de la cabeza la idea de que existe un perverso plan divino que me lleva a obtener lo contrario de lo epserado. Qué fácil sería evadirse y sencillamente cantar y bailar despreocupadamente como si la vida fuera una película  de Tolliwood.

Acaban  de subir tres hermanos. Se han quitado las camisas y se han remangado los pantalones. Se han puesto a hacer la colada. Mientras frotan en la pila, juguetean salpicándose unos a otros. Son tan jóvenes… Podría pensar que querría ser uno de ellos, como un crío que se solaza con las cosas sencillas y cotidianas. O, en el peor de los casos, podría querer sentir la dicha vicaria de un anciano cuando observa la dicha ajena que le recuerda remotamente a la que un día vivió en primera persona. Ni una cosa ni la otra. No sé lo que quiero querido TKP. Todo me resulta indiferente, cuando no, molesto y humillante.

Hoy no he podido darle su masaje a Mr. Haru. Estaba cubierto por una sábana que le tapaba completamente de la cabeza a los pies. La sábana dejaba entrever su cuerpo enteco como un bajorrelieve. El señor que hay a su lado, ese que está siempre rascándose un muñón, mientras con la otra mano da manotazos al aire espantando moscas invisibles, ha hecho un gesto réprobo con la cabeza, o eso he querido entender, conminándome a largarme. Por un momento he pensado que había fallecido. Cuando Sumi, el hermano, me ha visto santiguarme, me ha dado una palmada en la espalda y sonriéndose me ha dicho que estaba descansando, simplemente. Inopinadamente me he sentido más agotado que si me hubiera tirado las dos horas diarias que paso masajeando torpemente el cuerpo consumido de Mr. Haru. Me he ido a sentarme al comedor de los niños. Sonu ha venido enseguida remedando el gañido de los perros que hay junto al garaje. Me ha tomado de la mano y me ha guiado hasta allí. Sin embargo, no eran los perros a los que quería ver, sino la ambulancia que hay allí aparcada. Esa es su obsesión, quién sabe por qué. Ya esté aparcada o venga de fuera con algún enfermo, él sale disparado a encaramarse sobre el guardabarros trasero para mirar por la ventanilla. Luego he vuelto a sentarme junto a Raju que estaba repanchingado bocabajo, como es su costumbre, balanceando la cabeza y trepando con sus piernecillas por la pared. Quizá sienta placer tentando el barniz suave del bosque dibujado sobre las paredes.  Al momento ha venido a acurrucarse en mi regazo. Como un gato, frotaba su cabeza contra mi costado y me arañaba tiernamente en los brazos. En gestos como este de Raju descubro la evidencia de que, pese a su comportamiento similar al de un animal indómito, estos niños muestran una sofisticada sensibilidad, más intensa que la que pueda tener el más humano de los humanos. Esto me recuerda  aquel día en que estábamos rezando antes de comer y eché en falta a aquel muchacho que tenía el cuerpo lleno de ampollas, cuyo nombre no recuerdo, y que ya no está por aquí este año. Salí al patio a buscarle y lo encontré tirado sobre el suelo, junto a los columpios. Respiraba como lo hacen las bestias que han sido atrapadas en una trampa. Cuando lo levanté tenía uno de sus costados en carne viva. Temblando te llamé. Quise gritar para que acudieras enseguida, pero sólo me salió un hilo de voz sollozante. Viniste inmediatamente de todos modos. Entre los dos lo llevamos al botiquín. Recuerdo tu cara como si la tuviera enfrente en estos momentos. Cómo desearía, querido TKP, volver a tener enfrente siquiera un vislumbre del alma que hizo espejar en tu cara aquel día tanta serenidad y comprensión. Tendré que conformarme con recuerdos. Creo que es lo único que me retiene todavía aquí.

Namasté.

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